Comunidad

17 Apr

Homilía Domingo de Ramos

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En el capítulo 2º tan admirable de la Carta de San Pablo a Los Filipenses, que acabamos de leer como segunda lectura, nos encontramos con el mejor comentario posible de esta narración de la Pasión. Se trata de un himno cristológico que en unas breves líneas nos traza un cuadro grandioso de todo el misterio pascual que estamos celebrando a lo largo de esta semana.

En la narración de la Pasión de San Mateo, no se suaviza todo lo que sea violencia y dramatismo. Ahí están los sufrimientos, los azotes, la coronación de espinas. Y el largo y dramático relato de la crucifixión. Pero también resalta el señorío de Jesús, que da permiso para su prendimiento y responde con autoridad a los sumos sacerdotes.

Y sobre todo resplandece la infinita misericordia del Señor en tales momentos, llamando al traidor por su nombre, curando la oreja del sirvo del pontífice, perdonando a los que le crucifican, y prometiendo el paraíso al buen ladrón. Jesús se manifiesta así como reflejo del amor y de la misericordia del Padre hacia nosotros.

Un Dios que padece con nosotros, sufre nuestros sufrimientos y muere nuestra muerte. Este Dios crucificado no es un Dios justiciero, resentido y vengativo. Desde la cruz, Dios no responde al mal con el mal. "En Cristo está Dios, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino reconciliando al mundo consigo" (2 Corintios 5,19). Mientras nosotros hablamos de méritos, culpas o derechos adquiridos, Dios nos está acogiendo a todos con su amor insondable y su perdón.

Este Dios crucificado se revela hoy en todas las víctimas inocentes. Está en la cruz del Calvario y está en todas las cruces donde sufren y mueren los más inocentes: los países en guerra, los niños hambrientos, las personas maltratadas, y los olvidados de todos.
Celebramos al Dios crucificado, para no olvidar nunca el "amor loco" de Dios a la humanidad y para mantener vivo el recuerdo de todos los crucificados. Un misterio de amor en el que debemos subrayar otras dos palabras: docilidad y solidaridad.
Docilidad al Padre. Cristo sometido siempre a la voluntad del Padre para llevar a cabo su mensaje de reconciliación, para hacer realidad, cumpliendo la Escritura, la reconciliación de la humanidad con el Padre. Docilidad, es una palabra a meditar en estos días. La docilidad de Cristo al Padre, sin la cual no habríamos conocido este misterio de amor. Docilidad que le impide hacer alarde de su condición divina, sino más bien vivir esa otra dimensión del misterio de amor, que es la solidaridad fraterna. Solidaridad con sus hermanos. Pasó como uno de tantos. No es fácil a nuestro orgullo pasar como uno de tantos. No es fácil pasar por un hombre cualquiera cuando queremos significarnos de manera especial ante los demás. No es fácil rebajarse. Menos todavía aceptar la muerte de cruz.
Pero este es el camino que nos marca Cristo, nuestro Maestro, y en el cual nos precede. Pero un camino que no acaba en la cruz para quien le sigue, sino que al final todo es levantado, exaltado. Se tiene un nombre sobre todo nombre; es alcanzar el señorío de Jesucristo. Quien padece con Él, reina con Él.
Pero llegar a este señorío de Cristo pasa por seguir a Cristo, obrar como Él obró, dejar que su Espíritu actúe en nosotros. Y en los textos litúrgicos de hoy hay sugerencias importantes.
Hoy hemos caminado con un ramo de olivo. ¿Dominará a partir de esta Semana Santa el espíritu de paz y reconciliación? ¿Vamos a cultivar el espíritu y el deseo de paz? O mañana o pasado mañana volveremos a andar peleándonos o irritándonos infantilmente por tonterías.
Estamos dispuestos a desenvainar la espada ante la más mínima insinuación que nos molesta.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es dura la cruz. Es sufrir el abandono de Dios. Pero es a través de este vació, de este abandono, como se pasa a la gloria de la Resurrección.
A lo largo de esta semana queremos aprender a poner nuestros pasos en las huellas de Cristo, conscientes de que si ese camino pasa por el huerto de Getsemani y por el Gólgota, conduce también al sepulcro abierto la mañana de Pascua y al Monte de la Ascensión hacia el Padre.